lunes, 19 de enero de 2015

20 AÑOS DE AFTERS EN BILBAO

En las últimas semanas, en Bilbao, uno de los temas más recurrentes en tertulias y conversaciones es el de los after hours.  Pero lejos de ser estos garitos algo novedoso, es una polémica que, de vez en cuando, rebrota en la Villa. Y es que matinales ya había nada más comenzar los años 60 en salas como Seís Estrellas o Arizona, lógicamente con un fundamento muy distinto a las de ahora, o no tanto. En aquellos años la juventud más inquieta se acercaba a horas más que prudentes a bailar a sitios como Capri o Pumaska y ya entonces se les miraba con reojo y se les tachaba de vagos, ye-yes y maleantes, no te digo nada si llevaban los chicos el pelo un poco más largo de la cuenta y las chicas la falda más corta de lo moralmente aceptable.
Con la llegada de las discotecas y sobre todo, en los años 80 y 90 del siglo pasado, cuando ecos bacaladeros hablaban de fines de semana sin dormir en tierras valencianas, catalanas o ibicencas, Bilbao y sus gentes más bailongas se dotaron de afters o lo que es lo mismo, lugares para seguir la fiesta cuando el sol ya brilla en todo su esplendor. Los horarios en los 90 no eran los de ahora y las discotecas, como Columbus, Cristal, Distrito o Congreso, cerraban tranquilamente a las ocho, nueve o diez de la mañana. 
Eran los tiempos dorados de la dance music en Euskadi y garitos como Nyx o Archipelago en la costa alargaban unas noches de leyenda.
Con la entrada del nuevo siglo y los progresivos recortes, las matinales se aglutinaron en el centro de la ciudad. Mítica fue la La Otra Dimensión, junto al Museo de Bellas Artes. Recuerdo el Comics, oscurísimo y con una zona en la que, de no estar atento, te podías dar con el techo en la cabeza. Otro garito, de nombre olvidado, también tuvo su tiempo. Estaba en la calle que unía  Navarra con la de los Cines Capitol (sí, sí en el centro de la ciudad había cines) y para entrar había que bajar unas escaleras que conducían a un abarrotado local de ladrillo rojo y denso humo.
La presión policial y vecinal, perpetua contra este tipo de salas, hizo trasladar a los matineros a la zona antigua, en concreto, al resurgido Bilbao La Vieja y el Casco Viejo. Por debajo de la calle San Francisco, los bares de txikiteo abrazaron la libertad sexual y el moderneo, comenzando a aflorar multitud de divertidos locales a rebufo de las sesiones afters de dos discotecas con mayúsculas: Conjunto Vacío y El Balcón de la Lola.
Por su parte, Barrenkale y Barrenkale Barrena se adaptaron, y tras esquilmar su noche a base de duras normativas y poder coercitivo, varios de sus pubs emblemáticos como el Surtidor, el Último Tranvía y el Livingstone adoptaron horarios matutinos para los insumisos del dormir.
Sin olvidar el último gran after de la ciudad, el Orden, que cerró este pasado verano, esta última semana cinco locales de este tipo han sido clausurados por el Ayuntamiento, otro duro golpe a los que creemos en un Botxo divertido y no uniforme. Y es que pese a quien le pese, mientras haya gente con ganas de bailar cada mañana habrá matinales porque la cultura urbana es así, de lo contrario esto sería un pueblo, pero no un pueblo cualquiera, uno en el que se venera el paletismo.


1 comentario:

Guillermo Santamaria Ortiz dijo...

el garito que habia que bajar escaleras era el Hall