En los 90 se vivió un revival de los años 70 en cuanto a la música y la vestimenta se refiere. En aquella década se recuperó el espíritu de la disco music y se volvieron a poner de moda las discotecas. Cierto es que el sonido se actualizó, se reinventó y eclosionó en decenas de estilos, géneros y subgéneros que hibridaban entre sí o evolucionaban rápidamente, dentro de una enorme efervescencia creativa, en otros. También es cierto que el más comercial, popular y con mayores reminiscencias respecto a su abuelo sónico resultó ser aquella música que se vino a llamar eurodance. Un sonido que llevaba parejo otros aspectos culturales. Por ejemplo, en cuanto a la estética, fue muy característico el regresó de la plataforma. Primero fueron las botas de motero con un considerable grosor de suela y otros aspectos llamativos como la incorporación de la hebilla en algunos modelos y, en otros, las que incluían una característica chapa metálica en el talón, que pronto también se duplicó al incorporarse en la puntera. Además, en las mujeres se recuperó la bota alta con una considerable suela, igual a las que lucían las chicas ye-ye de los años 60 y 70. Este calzado, que hacía furor en los 90, tenía en Destroy su marca fetiche, y evocaban, por su cierta plataforma. Pero lo mejor estaba por llegar.
En el año 1996 comenzaron a aparecer otras botas con cierta suela que recordaban a las botas de monte de los exploradores, a las míticas Coronel Tapioca. Era un calzado robusto que aguantaba el baile desenfrenado de aquellos años 90 y que venía de un pequeño pueblo de la Rioja, Quel. Allí, tres familias se unieron para crear la compañía Art, la marca de calzado que pisó con fuerza las pistas de baile. Pronto aparecieron nuevos modelos con más plataforma, distintos colores y...¡hebillas! Las botas pronto fueron todo un éxito de ventas, sin campaña de marketing alguna y a pesar de su precio, en 1997 costaban alrededor de 16.000 pesetas. En meses sucesivos fueron apareciendo otros dos modelos que lo petaron todavía más. Uno con más número de hebillas que solían calzar más los chicos y otra, con una especie de velcro galáctico que era más para las chicas. La verdad es que bailar con aquellas Art era toda una experiencia porque te sentías botando en la Luna, sin apenas gravedad. El problema surgió cuando los pantalones eran incapaces de caer por encima del calzado y comenzamos a romper los bajos, dando lugar a esa otra moda, que luego fue resuelta por la llegada de la campana, que potenció el revival setentero.
Las Art se convirtieron en el calzado de una gran parte de la juventud durante casi una década. Un elemento estético y cultural de un tiempo y un movimiento sociocultural entre los años 90 y 2000. Un icono y seña de identidad de quienes pisábamos cada fin de semana con ellas las pistas de baile.
Art continuó ideando y sacó nuevos modelos de calzado como una especie de zapato con suela estratosférica que también fue inmensamente popular pero con la llegada de nuevos estilos y una corriente estética menos agresiva y exagerada empezaron a desaparecer de las discotecas. Aun así, la empresa Art hoy sigue existiendo, adecuándose a las nuevas tendencias, intentando también innovar y continuando su actividad años después de pisar fuerte en la moda popular.
