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viernes, 3 de abril de 2026

¿POR QUÉ ME GUSTAN LAS PROCESIONES DE SEMANA SANTA?

 


Cuando confieso que me gustan las procesiones de Semana Santa, la gente se sorprende. ¿Cómo a una persona no creyente y con ideas liberales y progresistas puede sentir tanta fascinación por ellas? Se suelen preguntar. El hecho es que no hay cosa que más me guste en estas fechas, por encima de las torrijas y el zurracapote, que admirar como las cofradías recorren nuestras calles haciendo retumbar el dolor por la muerte de Jesucristo. 

Para mí la procesión es un elemento cultural, artístico, performativo, que entronca con lo teatral. Se trata de un espectáculo audiovisual perfecto que conmueve y emociona, no sólo al religioso sino a cualquiera que tiene un mínimo de sensibilidad. Se trata de una puesta en escena grandiosa donde pueblos y ciudades enteras sirven como decorado, más real imposible, al paso de las imágenes. En el que el propio público no ejerce un papel pasivo, sino que protagoniza una parte más de la representación, a la que da empaque con su silencio respetuoso, con sus aplausos, con sus rezos, cuando se santigua o canta una saeta. 

Una tradición de siglos, que por ser tradición de tantos años ya se convierte en fundamento en  mismo. Una propuesta en la que las tallas son de gran belleza, elevadas a lo alto como siempre se hizo, acompañadas por velas, por portadores de pesadas cruces, por personas descalzas que arrastran cadenas o quienes se fustigan para representar su dolor. Una pasión que inmuta, sorprende y emociona, seguramente más, siempre que se observe con respeto y empatía, a quien carece de ella como yo. 

La procesión de Semana Santa pide sosiego, silencio, pausa y recogimiento, todo tan diametralmente opuesto al mundo acelerado y vacuo de hoy en día. Sin elementos digitales, sin despistes a lo superfluo.  

Su estética, su ritmo, esos ojos que miran a través del capirote transmiten calma y a la vez, cierta inquietud. El miedo que aborda a muchos niños en laprocesiones que hoy son apabullados por videojuegos y Netflix, que son cada vez más anestesiados por tanto estímulo, indica el poder de estas representaciones. 

Y su sonido. Una música contundente, con tambores y cornetas, un repicar de campanas en la Iglesia, una saeta desde un balcón, el llamador golpeando el paso y la ausencia de sonido. Ese silencio del gentío me llama tanto la atención en un mundo tan ruidoso, con tanta escandalera...  

Por eso, me encanta acudir a presenciar las procesiones. No es que sea facha, retrogrado, casposo o antiguo. Simplemente tengo la sensibilidad suficiente y el gusto por entender y admirar un espectáculo fascinante, sin prejuicios, ni complejos.  

Imagen: rioja.uk

domingo, 29 de marzo de 2026

ART, LAS BOTAS QUE PISARON FUERTE LA PISTA DE BAILE

 En los 90 se vivió un revival de los años 70 en cuanto a la música y la vestimenta se refiere. En aquella década se recuperó el espíritu de la disco music y se volvieron a poner de moda las discotecas. Cierto es que el sonido se actualizó, se reinventó y eclosionó en decenas de estilos, géneros y subgéneros que hibridaban entre sí o evolucionaban rápidamente, dentro de una enorme efervescencia creativa, en otros. También es cierto que el más comercial, popular y con mayores reminiscencias respecto a su abuelo sónico resultó ser aquella música que se vino a llamar eurodance. Un sonido que llevaba parejo otros aspectos culturales. Por ejemplo, en cuanto a la estética, fue muy característico el regresó de la plataforma. Primero fueron las botas de motero con un considerable grosor de suela y otros aspectos llamativos como la incorporación de la hebilla en algunos modelos y, en otros, las que incluían una característica chapa metálica en el talón, que pronto también se duplicó al incorporarse en la puntera. Además, en las mujeres se recuperó la bota alta con una considerable suela, igual a las que lucían las chicas ye-ye de los años 60 y 70. Este calzado, que hacía furor en los 90, tenía en Destroy su marca fetiche, y evocaban, por su cierta plataforma. Pero lo mejor estaba por llegar. 

 En el año 1996 comenzaron a aparecer otras botas con cierta suela que recordaban a las botas de monte de los exploradores, a las míticas Coronel Tapioca. Era un calzado robusto que aguantaba el baile desenfrenado de aquellos años 90 y que venía de un pequeño pueblo de la Rioja, Quel. Allí, tres familias se unieron para crear la compañía Art, la marca de calzado que pisó con fuerza las pistas de baile. Pronto aparecieron nuevos modelos con más plataforma, distintos colores y...¡hebillas! Las botas pronto fueron todo un éxito de ventas, sin campaña de marketing alguna y a pesar de su precio, en 1997 costaban alrededor de 16.000 pesetas. En meses sucesivos fueron apareciendo otros dos modelos que lo petaron todavía más. Uno con más número de hebillas que solían calzar más los chicos y otra, con una especie de velcro galáctico que era más para las chicas. La verdad es que bailar con aquellas Art era toda una experiencia porque te sentías botando en la Luna, sin apenas gravedad. El problema surgió cuando los pantalones eran incapaces de caer por encima del calzado y comenzamos a romper los bajos, dando lugar a esa otra moda, que luego fue resuelta por la llegada de la campana, que potenció el revival setentero. 

 Las Art se convirtieron en el calzado de una gran parte de la juventud durante casi una década. Un elemento estético y cultural de un tiempo y un movimiento sociocultural entre los años 90 y 2000. Un icono y seña de identidad de quienes pisábamos cada fin de semana con ellas las pistas de baile. 

 Art continuó ideando y sacó nuevos modelos de calzado como una especie de zapato con suela estratosférica que también fue inmensamente popular pero con la llegada de nuevos estilos y una corriente estética menos agresiva y exagerada empezaron a desaparecer de las discotecas. Aun así, la empresa Art hoy sigue existiendo, adecuándose a las nuevas tendencias, intentando también innovar y continuando su actividad años después de pisar fuerte en la moda popular.

domingo, 3 de agosto de 2025

COMIENZA LA NUEVA TEMPORADA DE LA RUTA

Hoy comienzo una nueva temporada bloguera de esta bitácora bailonga bautizada como La Ruta, que sin darnos apenas cuenta, ya se ha convertido en un veterano espacio. Este inicio correspondería al de la temporada número 19 y como siempre espero traeros artículos diferentes y originales relacionados con la música, especialmente la que tenga que ver con el mundo de las discotecas y todos los fenómenos asociados, de alguna u otra manera, a la pista de baile. Como viene siendo habitual crearé contenido adyacente a través de mi canal de Youtube y los perfiles de las distintas pero habituales redes sociales 

Que sirva este breve artículo para dar el pistoletazo de salida al curso 25-26 y lanza la arenga rutera... ¡no dejes de bailar! 

lunes, 30 de junio de 2025

"MAQKINA: HISTORIA DE UNA SUBCULTURA" EN TV3


Acaban de publicar
, hace una semana, en TV3 el documental Maqkina: Historia de una subcultura”. Un maravilloso trabajo realizado por
Óscar Sueiro, Álex Salgado y Daniel Boix donde se despieza el fenómeno que arrasó las pistas de baile catalanas y su beat contundente acabó expandiéndose a través de emisoras de radio y cintas de casete más allá de su escenario inicial. Seguramente el último fenómeno juvenil interesante previo a la revolución digital que trajo el nuevo milenio. 

El documental es rápido, divertido y, en ocasiones, crudo. Igual que el género que trata de explicar. Se nota que se ha ideado desde dentro del fenómeno y eso lo hace más verídico y auténtico. La historia de esta subcultura es contada a través de la experiencia de nombres propios que fueron parte de ella como Nando Dixkontrol, Pastis, Buenri, Frank Traxx, Mónica X o Ricardo F. entre otros muchos. Una historia que fue criminalizada y atizada desde el stablishment como les ha ocurrido a todos aquellos movimientos que supusieron un peligro para el poder establecido. Y una historia ahora contada desde todas sus vertientes y prismas para reivindicarla con sus luces y sus sombras.  

En el documental, abierto y desprejuiciado, aparecen opiniones que nos acercan a una explicación más completa y enriquecedora de la que los medios dieron en su día. Sus orígenes en Valencia, su explosión en Cataluña, las drogas, el paso de Q a la K, las radios, su mercantilización, la violencia asociada, su conexión con la clase obrera y la periferia barcelonesa, la expansión más allá de Cataluña... 

Mientras se lanzan datos, los recuerdos de quién lo vivió se desbloquean y el interés por quién no lo bailó aumenta como un subidón maquinero. Imágenes de la época, temazos quemasuelas y nombres de lugares como Scorpia, Chasis, Psicódromo o Pont Aeri reviven un momento, una forma de vida, una manera de estar en el mundo. Un fenómeno que nos dio esperanza a quienes no la teníamos, a esos parias sin futuro, a esos jóvenes de barriada acostumbrados a las migajas. Por fin teníamos nuestro sitio, nuestra banda sonora y el orgullo de pertenecer a algo, no a la nada, de estar en el centro y no en los márgenes, de ser los putos amos, de ser maqkineros. 

Gracias por contarlo 30 años después.  

domingo, 22 de junio de 2025

STRIPTEASE EN LA PISTA DE BAILE

 


Desde hace ya unos cuantos años estamos siendo arrastrados por una corriente de puritanismo que ha vuelto a censurar el desnudo en el ámbito de lo público y cada vez resulta ser mayor el escándalo cuando aparece una teta, un culo y no te digo ya unos genitales. Da la sensación de que estamos regresando de manera inexorable a las décadas anteriores a la mitad del siglo XX cuando el desnudo estaba criminalizado y perseguido. Desde entonces las democracias occidentales fueron permitiendo de manera paulatina la introducción del desnudo en ámbitos relacionados con el espectáculo, ya sea en los cabarés, las películas o cualquier otro tipo de show.  

En el caso de España la cosa se retrasó hasta la muerte de Franco, pero explotó con una intensidad inusitada como en ningún otro lugar. Demasiados años de represión provocaron que, a finales de los años 70, subiría la fiebre por el desnudo en el país durante las décadas de los 80 y 90. Al principio los stripteases eran un acto revolucionario, político diría yo, asociado en la mayor parte de las ocasiones a la intelectualidad del momento, donde strippers como Christa Leem eran musas de la libertad. Al poco llegó el “destape” y con él, en toda película española tenía que aparecer un desnudo de alguna mujer. El fenómeno se popularizó y no quedó reducido al cine. Los quioscos se llenaron de señora ligeras de ropa, los teatros y la televisión también. La contraportada del As y la primera página de Interviú fueron ejemplo de ello. Se legalizó la pornografía y las películas eróticas hacían furor. Eso sí, la sociedad no avanzó tanto y en la inmensa mayoría de los casos, el desnudo fue siempre femenino, evidenciando la cultura machista y llevando a equívoco al personal. ¿Estábamos ante una liberación o ante la cosificación de la mujer como objeto de consumo para hombres? Y así nombres como Susana Estrada, María José Cantudo, Marisol o Sabrina protagonizaron momentos subidos de tono en una lista en la que no tenían cabida los hombres.  

Por su parte, las discotecas y salas de fiesta no fueron ajenas a esta tendencia y la gran mayoría subieron la temperatura de su pista ofreciendo espectáculos de alto voltaje. En sus pódiums apareció la figura del go-gó con mínima ropa y aquí sí, mayor paridad en cuanto a género. Y es que, aunque eran más las mujeres que bailaron en las tarimas, no era raro encontrar go-gos de ambos géneros. Desde finales de los años 80 los pases de stripteases eran habituales en la mayor parte de las discotecas. Chicas y chicos con cuerpos esculturales cortaban las mezclas del deejay para llevar a cabo su espectáculo, que podía ser integral o no. 

Pero el asunto no se quedó ahí, la popularización del desnudo como espectáculo en los años 80 y 90 propició la aparición de los concursos de camisetas mojadas. Mujeres con camisetas blancas se mojaban el atuendo ante un público absorto ante tanta algarabía y como el show debía continuar pronto aparecieron la versión húmeda masculina, los concursos de calzoncillos mojados.  

La cosa iba in crescendo y el público pedía cada vez más, así que pronto aparecieron los shows de porno en vivo donde se practicaba sexo explícito encima del escenario. Seguramente la barcelonesa sala Bagdag fue pionera en este ámbito, pero Madrid estaba llena de peakshow y en Bilbao recuerdo la sala Capri. 

El striptease fue algo tan integrado en la sociedad española que programas nocturnos tan icónicos como Esta noche cruzamos el Misisipi” comenzaban con uno y la última gran época dorada fue gracias a Crónicas Marcianas y las stripers Chiqui Martí y Susana Rachel. Mientras, en las discotecas, los stripteases cada vez eran más chabacanos y vulgares. Después de tanto tiempo, el striptease se había vulgarizado, ya no era algo glamouroso y mucho menos un acto de rebeldía. 

Las nuevas generaciones comenzaron a ver el asunto como algo casposo y cutre. Con la llegada de Internet y una nueva oleada de puritanismo los desnudos desaparecieron del mainstraim. Ahora la televisión tradicional, las plataformas como Youtube, Instagram o TikTok no quieren desnudos en sus pantallas y las discotecas hace mucho que dejaron de programar striptease, el asunto había dejado de estar de moda.