Cuando confieso que me gustan las procesiones de Semana Santa, la gente se sorprende. ¿Cómo a una persona no creyente y con ideas liberales y progresistas puede sentir tanta fascinación por ellas? Se suelen preguntar. El hecho es que no hay cosa que más me guste en estas fechas, por encima de las torrijas y el zurracapote, que admirar como las cofradías recorren nuestras calles haciendo retumbar el dolor por la muerte de Jesucristo.
Para mí la procesión es un elemento cultural, artístico, performativo, que entronca con lo teatral. Se trata de un espectáculo audiovisual perfecto que conmueve y emociona, no sólo al religioso sino a cualquiera que tiene un mínimo de sensibilidad. Se trata de una puesta en escena grandiosa donde pueblos y ciudades enteras sirven como decorado, más real imposible, al paso de las imágenes. En el que el propio público no ejerce un papel pasivo, sino que protagoniza una parte más de la representación, a la que da empaque con su silencio respetuoso, con sus aplausos, con sus rezos, cuando se santigua o canta una saeta.
Una tradición de siglos, que por ser tradición de tantos años ya se convierte en fundamento en sí mismo. Una propuesta en la que las tallas son de gran belleza, elevadas a lo alto como siempre se hizo, acompañadas por velas, por portadores de pesadas cruces, por personas descalzas que arrastran cadenas o quienes se fustigan para representar su dolor. Una pasión que inmuta, sorprende y emociona, seguramente más, siempre que se observe con respeto y empatía, a quien carece de ella como yo.
La procesión de Semana Santa pide sosiego, silencio, pausa y recogimiento, todo tan diametralmente opuesto al mundo acelerado y vacuo de hoy en día. Sin elementos digitales, sin despistes a lo superfluo.
Su estética, su ritmo, esos ojos que miran a través del capirote transmiten calma y a la vez, cierta inquietud. El miedo que aborda a muchos niños en las procesiones que hoy son apabullados por videojuegos y Netflix, que son cada vez más anestesiados por tanto estímulo, indica el poder de estas representaciones.
Y su sonido. Una música contundente, con tambores y cornetas, un repicar de campanas en la Iglesia, una saeta desde un balcón, el llamador golpeando el paso y la ausencia de sonido. Ese silencio del gentío me llama tanto la atención en un mundo tan ruidoso, con tanta escandalera...
Por eso, me encanta acudir a presenciar las procesiones. No es que sea facha, retrogrado, casposo o antiguo. Simplemente tengo la sensibilidad suficiente y el gusto por entender y admirar un espectáculo fascinante, sin prejuicios, ni complejos.
Imagen: rioja.uk

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