miércoles, 18 de diciembre de 2024

"ALASKA REVELADA" POR MOVISTAR PLUS

Acabo de ver el documental “Alaska Revelada”, recién estrenado en la plataforma Movistar Plus, y me ha parecido un trabajo más que interesante. La reina del pop hispano, discípula de Andy Warhol y su concepto de la fama, en ningún momento tuvo problema en contar sus peripecias dentro y fuera del escenario. Aun así, o seguramente por eso, la estrella nunca resultó ser carne de paparazzi, logrando controlar los tiempos y mantener sectores de su azarosa vida, los mínimos, alejados de los focos mediáticos. 

Desde su más tierna adolescencia rápidamente acaparó portadas y tertulias, alcanzando el culmen en un docu-reality de pretensiones underground que terminó haciendo furor en la parrilla catódica, logrando darle un aire fresco al panorama televisivo y dando a conocer al gran público un universo maravilloso, el Alaskismo. Precisamente, esa es la gran referencia del icono pop para gran parte de la sociedad, en especial los jóvenes. En ella se representa una pareja con gustos y modos raros, excesivos y excéntricos pero unos valores tradicionales con los que es fácil comulgar. Precisamente esa Alaska tan apta y asimilable para la mayoría nos hizo, bajo mi modo de ver, alejarnos de la esencia de una señora que yo conocí hace cuatro décadas, igual de educada y culta pero bastante más incomoda. 

En aquel momento, en mitad de los 80, Alaska era la moderna por excelencia y su cresta eran tan llamativas como su discurso, el que suponía un bofetón de libertad para un país que salía de una dictadura nacional-católica pero en el que lo guay era ser disidente. Hoy pasa justamente lo contrario. Hoy lo guay es atrincherarse en un dogma y ser lo más intransigente posible con los que se ubican al otro lado de la barricada o peor aún, con el que se pasea entre ellas sin ser lo suficientemente burro como estabularse en un mismo lugar. 

En estas casi cinco décadas la música de Alaska y su hermano Nacho Canut ha evolucionado de una manera lógica desde el primigenio punk al electropop actual pero su discurso prácticamente es invariable. Y es que por mucho que les pese y digan lo que digan, Alaska se mantiene firme en sus convicciones. Ahora como hace décadas sigue defendiendo los derechos LGTBI, la igualdad de la mujer, la legalización de las drogas, la defensa de los animales... Y eso es lo que ha conseguido el documental, acercarme de nuevo a esa Alaska que habla sin tapujos de todo ello, a esa artista única y diferente, a esa persona, consecuente como pocas, cuyo discurso no se atiene a pancartas, tuits y pose sino a una forma de vida que el documental ha logrado recoger de manera fehaciente. La suya. La de Alaska. 



domingo, 8 de diciembre de 2024

EL BAR EKIA CUMPLE 12 AÑOS


Este próximo jueves uno de mis bares favoritos del mundo mundial, como diría Manolito Gafotas, cumple 12 años y es para celebrarlo. Del Ekia, como así se llama el garito, ya he escrito en alguna que otra ocasión para este blog, pero no me canso de hacerlo porque según va pasando el tiempo es más complejo encontrarse con un local de esos que yo llamo de autor. La rúbrica, en este caso, corre a cargo de Aritz Bilbao Blanco, creador de un pequeño bar ya consolidado como referente de la hostelería diurna y sobre todo nocturna, la que yo más controlo, de la Margen Derecha. En un negocio, el de la hostelería, cada vez más pijo, fashionable y supeditado a las grandes cadenas es un gustazo poder acercarte a la barra de un lugar con identidad propia, diferente y distinto, ajeno a modas y aferrado a su propio concepto, ese que se desarrolla de manera orgánica gracias al entusiasmo de quien emprendió en el peor momento que, según decían, se podía hacer. 

Y es que, en 2012, en mitad de la más virulenta crisis económica del último siglo, un joven emprendedor se decidió a subir la persiana y abrir un bar en Algorta. Los chavales que hoy abarrotan el lugar eran por aquel entonces infantes que ignoraban la existencia de un garito que poco a poco fue ganando adeptos y popularidad a base de generar un ambiente jaranero y marchoso donde se daba cabida a todo pichirichi. La música ecléctica y desprejuiciada desde Massiel a Pont Aeri, desde Fangoria al Consorcio, desde Doctor Deseo a Gala pronto atrajo a gente de toda edad y condición bajo la máxima del respeto al otro. Y es que el Ekia resultó ser la casa de esos descarriados con ganas de juntarse y charlar, beber, bailar y beber. Sí, he repetido lo de beber, cosas de la incorrección política. 

Entre cubatas y destornis, muy ricos, por cierto, el responsable de todo este jaleo te puede ofrecer probar picante extrafuerte traído de una cuenta de Aliexpress,  un chupito de absenta o ayudarle a construir una torre con copas de vino. Aritz es así, tendente al show, a la extravagancia, al humor absurdo... A subir el volumen y pincharte una de María Jiménez o tech-house del duro ¿Y por qué no?  

Y así, sin comerlo, ni beberlo, ejem, el bar Ekia, el de Aritz, va a cumplir este jueves doce años de éxito. ¿En un mundo instagrameable hasta la extenuación puede un pequeño garito de estética tradicional, música variopinta y ajeno a las redes sociales tener éxito?¿Y por qué no? Precisamente ese el valor del Ekia, ser diferente al resto y estar firmado por un crack. 

Zorionak Ekia!! 


En la imagen superior, él que aquí les escribe con Aritz en el bar Ekia.

domingo, 17 de noviembre de 2024

LOS LOGOS DISCOTEQUEROS COMO ARTE POP

Las discotecas, al menos en los años 80 y 90, fueron mucho más allá que un lugar de encuentro. Se trataba de verdaderos clubs donde sus asiduos generaban un sentimiento de pertenencia y colectividad que nada tenían que envidiar a los clubs más influyentes de este país, los de fútbol. Asociado a este sentimiento había una simbología general en la cultura de club y una particular para cada una de las salas. En una época en la que Internet era ciencia-ficción, los flyers, los carteles promocionales, o los rótulos fueron medios de difusión y diferenciación de una identidad propia para cada discoteca con el fin de hacer de su propuesta algo distinto a las del resto.  

El colorama, el lenguaje visual, la grafía eran otros elementos utilizados en un protomarketing que más tenía de romanticismo que de mercadotecnia.  

Dentro de toda estética existió una pieza clave para muchos clubs, el logo. Y es que, si para los fans de un equipo de fútbol, el escudo es aquello que llevan junto al corazón, a los seguidores acérrimos de un determinado garito les pasaba lo mismo con el logo de su discoteca preferida, con el que sentían algo emocionalmente indescriptible y les hacía partícipes de una membresía con carácter sentimental. Por eso muchos jóvenes sintieron una pertenencia y veneración similar a la que los patriotas y religiosos experimentan con sus países y confesiones. Los emblemas discotequeros se plasmaron en camisetas, abanicos, libros, cintas, discos y pegatinas. Este último formato se consolidó como el más importante a la hora de difundir el mensaje clubber y llegar los sitios más recónditos del planeta. Pegatinas en los bancos, en los baños de los antros, en la puerta del instituto y en los coches. Llevando el distintivo contigo carretera arriba, camino abajo. 

¿Pero cuáles son los logos que más nos han marcado? Vamos con una selección: 

De los primeros en esto de crear una idiosincrasia para el club de manera más o menos consciente se puede decir que fueron las salas de la Ruta Destroy valenciana. Chocolate, Barraca, Espiral, Puzzle... todas tenían una serie de imágenes que inmediatamente identificabas con ellas. Pero había dos en concreto que lo hicieron rematadamente bien. Una era Spook Factory y su murciélago que resultó ser casi tan conocido como el que Batman lleva en su pecho. La otra, ACTV. En los 90 aquellas cuatro letras estaban presentes en cualquier parking discotequero pegada en los coches y motos de bacalaeros empedernidos. Esa cara entre futurista y cubista te la encontrabas en las cercanías de cualquier sala a mediados de los 90. 

Otro logo presente en la escena bacalaera de los años 90 y 2000 fue el de la discoteca Central Rock de Almoradí. En ella las guitarras mutaron a beats contundentes que pegaban fuerte en una sica machacona y frenética que curiosamente seguía siendo identificada por un rockero saltando encima de la palabra Central con la característica grafía en color negro. 

La Central Rock podía llevar a confusión para neófitos en la materia bacala pensando que hacía referencia a la Central del Sonido ubicada en Igualada, o sea, a Scorpia. Pero el nombre de esta última siempre iba impreso en letras amarillas y su logo era esa cara, con ciertas reminiscencias activeras, entroncada con la imaginería radioactiva de corte postindustrial y de futurismo apocalíptico. Las salas catalanas, influidas por el previo circuito destroy valenciano, también adoptaron logos que han permanecido en el tiempo, seguramente el de Pont Aeri sea el más recordado, pero Psicódromo, Chasis o XQué también eran pistas de baile orgullosas de su simbología. 



Nos quedamos en el Mediterráneo y nos vamos a Ibiza para recordar el logo por excelencia, las dos cerezas del Pachá. Un logo que simboliza una marca a la que hace única, seguramente la más importante en la historia del ocio nocturno a nivel mundial. Pero hay quien no sabe que el primer logo de Pachá, cuando nació en Sitges, era un ojo en blanco y negro, dicen que el de Carmen Sevilla. 


Por último, vamos a por otro logo, no tan internacional, pero intrínseco en nuestra cultura pop como pocos. Estoy refiriéndome al de Penélope. Esa bella chica de larga melena y sombrero ladeado que lleva con nosotros desde el ya lejano 1968. Penélope es el nombre la discoteca que se abrió aquel año en Benidorm. A partir de entonces Penélope abrió sucursales en diferentes ciudades y su pegatina, según el diario El País, ha sido la más vendida después de la del Toro de Osborne. Otro símbolo que traspasó su naturaleza publicista para convertirse en una obra de arte pop. Warhol no lo dudaría. Son logos, son pop art y debemos reivindicarlos.